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Una psicóloga explica cómo el multitasking constante agota tu energía mental y qué hacer en su lugar.

Mujer escribiendo en un cuaderno en una mesa con portátil, móvil y taza, mientras otra persona la observa.

Estás respondiendo a un correo, hojeando un hilo de Slack, echando un vistazo a un aviso del calendario y asintiendo en una videollamada. Se siente productivo. Parece ajetreado. Y, sin embargo, a las 3 de la tarde, tu cerebro se siente como cartón mojado.

Ella va alternando entre una hoja de cálculo del presupuesto y una ventana de chat, con los hombros subiendo poco a poco hacia las orejas. Salta una notificación. Luego otra. El cursor se queda inmóvil sobre una celda como si se hubiera olvidado de lo que son los números. Parpadea con fuerza, dos veces, como si se despertara de una siesta corta e insatisfactoria.

Al otro lado de la sala, un hombre se frota las sienes después de que un “chequeo rápido” se convierta en seis pequeñas peticiones. Intenta volver a su propuesta, pero sus frases se adelgazan y luego se enredan. Todos hemos tenido ese momento en que se multiplican las pestañas y el cerebro se convierte en un navegador lento de 2005.

«Estoy haciendo multitarea», dicen ambos con una disculpa suave por no ir más rápido. La psicóloga que está a mi lado levanta la vista de sus notas y sonríe con una inclinación cómplice. Lo siguiente que dice sorprende a la gente.

Lo que la multitarea constante le hace de verdad a tu cerebro

La multitarea no es lo que crees. No estás haciendo dos cosas a la vez; estás obligando a tu cerebro a cambiar de tarea a gran velocidad, una y otra vez. Cada cambio cuesta energía, como ir dando pequeños frenazos cada seis metros en el tráfico de ciudad.

Ese coste no es solo tiempo. Es combustible cognitivo. La corteza prefrontal -la parte que planifica y decide- tiene que reconfigurar reglas, suprimir la tarea anterior y cargar la siguiente. Consume glucosa y reservas de neurotransmisores, dejándote con niebla mental y extrañamente irritable. La multitarea no es un superpoder; es un impuesto sobre tu mente.

En una oficina diáfana que visité, una jefa de proyecto intentó “mantener el ritmo” dividiendo su atención entre un documento de lanzamiento y cuatro chats. En menos de una hora, copió mal cifras, pasó por alto un matiz en una nota legal y releyó el mismo párrafo tres veces. La investigación lo respalda. Estudios de Stanford hallaron que los grandes multitarea mediáticos tienen dificultades para filtrar distracciones y cambiar de forma eficiente. El laboratorio de Gloria Mark ha mostrado que pueden hacer falta alrededor de 23 minutos para recuperar una concentración profunda tras una interrupción.

La gente piensa que la pérdida es pequeña -cinco segundos aquí, un minuto allá-. Es traicionera. Esos microcambios crean “residuo de atención”: una película fina de la tarea anterior que se pega a tus pensamientos y enturbia la siguiente. Como intentar pintar sobre un lienzo que aún está húmedo de otro color.

Aquí está el mecanismo detrás del suplicio. Tu memoria de trabajo solo puede sostener unos pocos “bloques” a la vez. Cada vez que cambias, el cerebro descarga y vuelve a cargar esos bloques, como reorganizar maletas de cabina en un compartimento superior abarrotado. La dopamina se dispara con cada notificación, lo cual se siente bien durante un segundo, y luego deja un bajón que pide otra dosis. Ese bucle genera comprobación compulsiva, que multiplica los cambios, que drena precisamente los recursos que necesitas para resistirte a comprobar.

A lo largo del día, el drenaje se nota como decisiones planas, errores simples y una extraña sensación de estar pasando por alto algo obvio. Al atardecer, las tareas pequeñas se sienten grandes. No eres vago. Estás agotado.

Tu cerebro tiene un solo volante. No puede conducir bien por dos autopistas al mismo tiempo, da igual lo dotado que seas o lo bonita que sea tu app de tareas.

Qué hacer en su lugar: movimientos pequeños y concretos que protegen tu energía

Piensa en modos, no en tareas. Elige un único modo -escribir, diseñar, analizar, responder- y mantente ahí el tiempo suficiente como para coger ritmo. Prueba bloques de enfoque de 50 minutos y luego 10 minutos para reiniciar. Etiqueta el bloque con lenguaje claro: “Redactar introducción”, no “Trabajar”. Aparca todo lo demás en una nota de captura. Activa No molestar en el portátil y en el móvil. Cierra esa pestaña que quiere robarte el futuro.

Empieza con un bloque protegido por la mañana, cuando tu combustible mental está fresco. Mueve las reuniones a la tarde, cuando puedes permitirte un pensamiento más superficial. Si aparece un mensaje “urgente”, apunta un marcador de una sola línea y vuelve a ello en tu ventana de reinicio. Protege el inicio y el final de tus bloques como un piloto protege el despegue y el aterrizaje.

La mayoría de la gente se pasa. Programan maratones heroicos de tres horas, luego se estrellan y juran que la monotarea “no funciona”. Haz el bloque lo bastante pequeño como para terminarlo, y termínalo a menudo. Deja el móvil en otra habitación. Usa un ritual simple para abrir y cerrar cada bloque: nombra la tarea en voz alta, respira una vez, empieza. Termina con un resumen de dos líneas de por dónde retomar la próxima vez. Que eso sea tu rastro de migas.

«No estoy pidiendo a la gente que vaya más despacio», dice la Dra. Lena Brooks, psicóloga clínica que asesora a profesionales del conocimiento. «Les estoy pidiendo que dejen de perder energía en los márgenes».

«Cuando cambias menos, no solo vas más rápido: te sientes más tranquilo. La tranquilidad es lo que te mantiene rápido». - Dra. Lena Brooks

  • Establece tres ventanas de concentración en tu día: 9:00–9:50, 10:10–11:00, 2:00–2:50.
  • Elige una tarea principal por ventana y escríbela en una nota adhesiva.
  • Silencia las notificaciones; aleja el móvil fuera del alcance del brazo.
  • Mantén una hoja de borrador titulada “Aparcamiento” para cualquier cosa que intente colarse.
  • Termina cada ventana escribiendo la siguiente acción que vas a hacer.

Seamos sinceros: nadie hace esto de verdad todos los días. La vida es un caos, los jefes escriben, los niños llaman a la puerta. Aun así, puedes inclinar las probabilidades con pequeñas barandillas. Agrupa mensajes en horas fijadas. Agrupa reuniones en bloques. Reserva el trabajo creativo para cuando estés menos disponible. Responder rápido no es lo mismo que crear valor.

También hay alivio en el permiso. Date una ventana para abrazar el “modo caos”: vaciar la bandeja de entrada, escribir a tu equipo, ponerse al día con el chat atrasado… y luego volver a un solo carril. El objetivo no es la pureza. Es reducir el número de giros que te mastican la energía.

Cuando algo de verdad no puede esperar, haz una “ruptura limpia”. Di: «Pauso el informe para encargarme de esto», y luego escribe un marcador de una frase en tu documento: «Siguiente: explicar la desviación de Q3 con un gráfico». Esa nota diminuta reduce la fricción de reinicio más tarde. Es un puente que construyes para tu yo del futuro.

La ventaja silenciosa y acumulativa de hacer una sola cosa

Tras una semana de bloques de monotarea, la gente me dice que su cerebro se siente menos frágil. El día vuelve a tener forma. Notan pequeñas victorias: menos erratas, propuestas más claras, la mandíbula menos tensa a las 5 de la tarde. Duermen un poco mejor porque la mente no está dando vueltas por hilos abandonados. El trabajo no se volvió más fácil; los cambios se volvieron más raros.

El impulso crece de una forma humilde. Un inicio limpio lleva a un final limpio, que alimenta el siguiente inicio. Los compañeros perciben tu estabilidad y dejan de interrumpirte a mitad de bloque porque tus resultados hablan por ti. Recuperas una hora que no sabías que estabas perdiendo, no por hacer más, sino por hacer menos a la vez.

Aquí también hay un cambio cultural. Nos venden la velocidad como actuación, como un ajetreo constante. Sin embargo, la velocidad que dura viene del ritmo: de elegir profundidad cuando importa y amplitud cuando no. Puedes probar esto dos mañanas y sentir la diferencia. Luego cuéntale a alguien qué cambió y por qué te sorprendió.

Punto clave Detalle Interés para el lector
La monotarea supera a la multitarea Cambiar de tarea drena el combustible cognitivo y crea residuo de atención Menos errores, pensamiento más claro, menos cansancio al final del día
Usa bloques de concentración con reinicios Ritmo 50/10, tareas con nombre, No molestar, nota de “aparcamiento” Control inmediato de interrupciones, vuelta más rápida al foco
Diseña tu día por modo Agrupa mensajes, agrupa reuniones, protege ventanas creativas Más previsibilidad, mejor resultado sin alargar la jornada

Preguntas frecuentes

  • ¿Algún tipo de multitarea es inofensivo? Combina una tarea de baja carga cognitiva con otra ligera -por ejemplo, doblar ropa mientras escuchas un pódcast-. No mezcles dos tareas que ambas necesiten memoria de trabajo.
  • ¿Y si mi trabajo exige respuestas rápidas? Crea ventanas de mensajes cada 60–90 minutos. Dile a tu equipo cuál es tu patrón de respuesta. La mayoría de los avisos “urgentes” se enfrían cuando la gente puede predecirte.
  • ¿La música ayuda o perjudica la concentración? Las pistas instrumentales o muy familiares pueden ayudar a algunas personas. Las letras compiten con tareas de lenguaje. Prueba lo-fi o ambient para escribir y usa silencio para análisis exigente.
  • ¿Cuánto debe durar un bloque de concentración? Empieza con 25–40 minutos si estás oxidado. Sube a 50–75. La duración correcta es la que puedes terminar de forma consistente y repetir mañana.
  • ¿Qué hago con interrupciones que no puedo ignorar? Haz una ruptura limpia: anota tu siguiente paso exacto, gestiona la interrupción por completo y luego reinicia tu bloque. Esa miga de pan de una frase ahorra minutos de tiempo de arranque.

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