El vestíbulo de llegadas del aeropuerto se parece a cualquier otro: luces fluorescentes, barandillas metálicas, una tele murmurando noticias en un idioma que apenas entiendes.
Y, aun así, te tiemblan las manos cuando se abren las puertas correderas. En algún lugar más allá de la multitud, más allá del olor a fritanga y combustible de avión, está el país al que tus padres llaman «casa» y que tú solo has conocido como telón de fondo de sus historias. No eres turista, no exactamente. Pero tampoco eres de allí. Eres algo intermedio, arrastrando una maleta llena de regalos y preguntas, preguntándote cuál de tus caras encajará aquí. Tu madre te escribió: «Haz fotos de TODO». Tus amigos: «No veo la hora de que empiece el drama». Tu corazón susurra algo completamente distinto. Un pensamiento te golpea en cuanto respiras por primera vez este lugar en el que nunca has vivido: ¿y si este viaje cambia la manera en que ves toda tu vida?
La atracción de un lugar en el que nunca has vivido
Hay un momento silencioso que muchos hijos de segunda generación conocen bien: alguien pregunta «¿Y tú de dónde eres de verdad?» y sientes cómo se te encoge el pecho antes incluso de abrir la boca. Sobre el papel, la respuesta es sencilla: tu pasaporte, tu acento, tu código postal. Por dentro, es más enrevesado. Te criaste con Netflix, uniformes del cole y snacks del súper, pero los fines de semana olían a las recetas de tu abuela y sonaban al idioma de tus padres en una llamada de WhatsApp con interferencias. Esa doble banda sonora se te queda en la cabeza durante años. Y un día, la necesidad de rastrear el origen se vuelve demasiado fuerte como para ignorarla.
Mira las estadísticas de vuelos en torno a las grandes vacaciones y verás un patrón: aumentan las reservas a «destinos de herencia» entre jóvenes adultos de veintitantos y treintaitantos. Londres–Lahore, París–Argel, Nueva York–San Juan, Toronto–Manila. Las aerolíneas, sin hacer mucho ruido, promocionan estas rutas de otra manera, con anuncios sobre «volver» más que sobre «explorar». En TikTok e Instagram Reels se crean listas enteras alrededor de «volver a la madre patria por primera vez». Ves vídeos temblorosos de primos encontrándose en llegadas, niños llorando cuando oyen pronunciar su apellido «como es debido». Detrás de los filtros y los sonidos de moda, late una pregunta cruda: ¿por fin voy a sentir que pertenezco?
Este impulso no es solo nostalgia. Es una respuesta a un mundo en el que la identidad se ha convertido a la vez en un proyecto personal y en una etiqueta pública. La generación de tus padres a menudo agachó la cabeza, centrada en sobrevivir, en la hipoteca, en poner «bien» el acento. Tu generación creció con la exigencia de representar la cultura en actos del colegio, de llevar «comida exótica» para los días de la diversidad, de sonreír con educación cuando los profesores pronunciaban mal tu nombre. Volver es una especie de rebelión suave contra eso. No te conformas con medias respuestas ni con casillas con guion en los formularios. Quieres ver el pueblo, sentir el calor, escuchar las historias sin filtro y, quizá, en alguna calle abarrotada o en la azotea de un familiar, encontrar la pieza que falta entre dos mundos.
Cómo convertir un viaje a tus raíces en una verdadera búsqueda de identidad
Los viajes que parecen transformar más a la gente suelen empezar con un gesto sencillo: bajar el ritmo. No el “lento” de bloguero de viajes con fotos de cafetería cuidadosamente posadas, sino el lento de dejar que un lugar se te meta bajo la piel. Reserva menos ciudades. Deja espacio entre visitas familiares. Pasa una tarde entera en el barrio del que se fueron tus padres, aunque «no haya nada que ver». Pasa por delante de la casa donde crecieron. Fíjate en la pintura desconchada, la tienda de la esquina, los niños dando patadas a un balón en medio del tráfico y riéndose igual. Ahí empiezas a entender lo que querían decir cuando afirmaban: «Queríamos algo mejor para ti».
Hay un guion casi universal en estos viajes: los primeros días son todo abrazos, comida y una charla ligera un poco torpe. Luego algo rompe el hielo. Quizá sea un tío contando una historia disparatada sobre tu padre de adolescente. Quizá tu tía, en silencio, te desliza una foto vieja en la que tu madre se parece a ti de forma inquietante. O el taxista, que al oír tu apellido se queda un segundo en blanco y se lanza a un monólogo sobre tus abuelos. Estos momentos no encajan en itinerarios perfectos. Ocurren cuando te sientas en el balcón en vez de hacer scroll, cuando dices «cuéntame más» en lugar de asentir y cambiar de tema. En una tarde calurosa, con el zumbido del generador de fondo, siempre alguien acaba hablando de por qué se fue.
Hay una expectativa extraña de que un viaje potente “arreglará” tu crisis de identidad. La realidad es más lenta, con más capas. Puede que te sientas extrañamente extranjero en el lugar al que se supone que debes llamar «casa». Tu acento destaca. Tu ropa parece demasiado arreglada o demasiado sencilla. Te llaman «el/la de fuera» como si fuera tu nombre completo. Y entonces, en el vuelo de regreso, te das cuenta de que algo se ha movido, solo que no de la forma cinematográfica que imaginabas. Empiezas a entender que no hay una versión pura de ti esperando al final de un vuelo largo. Solo existe la versión que sostiene ambos mundos a la vez: un poco torpe, un poco bonita, muy humana. Eso no es un fracaso del viaje. Ese es el sentido de todo el camino.
Mantener la cordura y la honestidad en el camino de vuelta «a casa»
Un truco práctico lo cambia todo: decide tus límites emocionales antes de aterrizar. Suena intenso, pero puede ser tan simple como escribir tres cosas en la app de notas. Qué te da curiosidad preguntar. De qué no estás preparado para hablar. Qué necesitas para estar bien: un paseo a solas cada pocos días, una cafetería con Wi‑Fi, una nota de voz nocturna a un amigo de vuelta «en casa». Si vas con la idea de contentar a todo el mundo, te ahogarás. Si vas sabiendo que estás allí para escuchar, aprender y también proteger tu energía, el viaje deja de ir de obligación y pasa a ir de conexión honesta.
Mucha gente admite que en secreto teme partes de estos viajes. Los comentarios sobre el peso. Las preguntas sobre por qué no te has casado. Las bromas sobre lo blando que te has vuelto en el extranjero. La cuestión es esta: puedes sentirte agradecido y agotado a la vez. Puedes querer a la tía que no para de servirte comida y aun así necesitar salir un momento a respirar. Puedes emocionarte con historias de sacrificio y, al mismo tiempo, sentir rabia por la presión que cargas y de la que nadie habla. Seamos sinceros: nadie hace de verdad, todos los días, ese gran número de «hijo perfecto» que vuelve a la tierra de sus ancestros sin quebrarse, sin momentos de hartazgo. Darte permiso para sentirlo todo también forma parte del trabajo.
«Volver no me dio una respuesta simple a quién soy», dice Lina, 29 años, nacida en Berlín de padres sirios. «Pero le dio caras, calles y olores a las historias. Ahora, cuando mi madre dice “nuestro barrio”, puedo verlo. Y también puedo ver por qué a veces se queda mirando por la ventana en silencio».
- Planifica al menos un día sin agenda: sin familiares, sin lugares turísticos, solo deambular.
- Graba notas de voz en vez de hacer solo fotos; tu yo del futuro te lo agradecerá.
- Apunta una conversación cada noche, aunque sean solo tres líneas.
- Espera latigazo emocional: orgullo un momento, incomodidad al siguiente.
- Recuerda que no eres un equipo de documental; eres una persona que puede simplemente estar.
Lo que esta generación está buscando de verdad
Cuando el avión despega en el vuelo de vuelta, tu carrete está lleno, tu maleta pesa más y tu sentido de quién eres es a la vez más claro y más enredado. Puede que hayas aprendido cinco palabras nuevas en el idioma de tus padres y olvidado diez. Puede que hayas encontrado la calle de la que tu padre hablaba siempre y hayas sentido… no mucho. O quizá lloraste en un mercado abarrotado por razones que no tenían ningún sentido lógico. Esa es la verdad oculta de estos viajes épicos: rara vez te dan respuestas dramáticas, pero cambian las preguntas que te haces cuando vuelves a tu vida de siempre.
En una noche tranquila, meses después, afloran los recuerdos más pequeños. La manera en que tu primo te cogió del brazo al cruzar la calle como si os conociérais de toda la vida. El conductor del autobús que no quiso tu dinero porque «eres familia». El olor de la lluvia sobre el asfalto caliente en la ciudad que tu pasaporte no nombra. Esos fragmentos empiezan a convivir con tu trayecto diario, la cocina de la oficina, los chats de grupo. Sin anunciarse, estiran tu definición de quiénes somos «nosotros». En un mal día, cuando alguien destroza tu nombre en el trabajo o te pregunta de dónde eres «de verdad», te das cuenta de que no solo llevas frustración. Llevas un mapa mental entero detrás de los ojos.
A mayor escala, esta ola de búsquedas de identidad está reconfigurando en silencio cómo las sociedades entienden la pertenencia. Chavales que antes escondían su táper ahora suben tutoriales de cocina en el dialecto de sus abuelos. Artistas fusionan música tradicional con bases de trap. Emprendedores montan negocios que conectan pueblos de origen y tierras de raíces. Estos viajes no son solo sesiones de terapia personal. Están sembrando nuevas formas de ser de dos (o más) lugares a la vez, sin pedir perdón. En un internet global de scroll infinito, la idea de una única historia de origen, limpia y ordenada, suena casi anticuada. Lo que está emergiendo en su lugar es más caótico, más valiente y, sinceramente, bastante más interesante.
| Punto clave | Detalle | Interés para el lector |
|---|---|---|
| El viaje no lo “arregla” todo | Volver al país de origen cambia sobre todo la forma en que te preguntas cosas sobre ti | Alivia la presión de tener una revelación perfecta durante la estancia |
| Preparar tus límites emocionales | Definir de antemano qué quieres preguntar, qué evitar y qué necesitas para sentirte bien | Hace los reencuentros familiares menos agotadores y más auténticos |
| Aceptar una identidad múltiple | Entender que puedes pertenecer a varios mundos sin tener que elegir definitivamente | Ayuda a transformar el malestar en fuerza personal y cultural |
Preguntas frecuentes
- ¿Visitar el país de origen de mis padres cambia de verdad la manera en que me veo? A menudo sí, pero no siempre de forma dramática; suele profundizar tu comprensión más que darte un único momento de «ajá».
- ¿Y si me siento extranjero en mi supuesta tierra natal? Esa reacción es muy común y no te hace menos auténtico; solo muestra que tu identidad se formó en más de un lugar.
- ¿Cómo puedo manejar las preguntas y expectativas de los familiares? Decide de antemano qué temas estás dispuesto a tratar y haz pausas cuando lo necesites; la amabilidad no significa decir que sí a todo.
- ¿Merece la pena ir si no hablo bien el idioma? Sí; incluso frases básicas y la disposición a escuchar pueden tender puentes y dar sentido a las historias familiares.
- ¿Qué puedo hacer después del viaje para mantener viva esa conexión? Mantén el contacto con la gente que conociste, cocina un plato que aprendiste allí y escribe recuerdos antes de que se difuminen.
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