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Me sorprendieron los resultados: los estudiantes de esta región tienen de los peores rendimientos del país.

Mujer ayuda a una niña con su tarea en el aula, ambas enfocadas en un cuaderno sobre un pupitre.

Cuando los resultados de las pruebas llegaron al despacho de la directora, nadie esperaba fuegos artificiales.

Era una región tranquila, más conocida por los campos de maíz y los largos trayectos en autobús que por escándalos académicos. Los profesores se reunieron en la sala de profesores, café en mano, agotados tras otro trimestre de hacer malabares con clases, papeleo y niños que llegaban con hambre o medio dormidos.

Entonces alguien abrió el informe.

El silencio que siguió pesó más que cualquier discurso airado. Línea tras línea, tabla tras tabla, mostraba lo mismo: el alumnado de esta región se situaba cerca del fondo del país. En lectura. En matemáticas. En ciencias. Unas puntuaciones que no solo eran bajas: eran alarmantes.

Una profesora soltó una risa nerviosa. Otro se quedó mirando el suelo. La directora solo susurró, casi para sí: «¿Cómo hemos llegado hasta aquí?».

Ahí es cuando la historia empieza de verdad.

«Entre los peores del país»: lo que los números no muestran a primera vista

El informe no llegó con luces intermitentes ni sellos rojos. Era un PDF sencillo, enviado por correo un martes por la mañana, enterrado entre horarios y actualizaciones de transporte. Y aun así, su mensaje fue brutal. El alumnado de esta región estaba entre el de peor rendimiento del país, muy por debajo de las medias nacionales en casi todas las materias evaluadas.

El profesorado ya intuía que algo no iba bien. Más caras en blanco durante las explicaciones. Más deberes sin entregar. Más niños diciendo en voz baja: «Es que no lo entiendo». Aun así, verlo traducido en frías clasificaciones nacionales dolió. No era solo un centro o una clase. Era toda la zona.

Y ahí las preguntas empezaron a multiplicarse más rápido que cualquier ejercicio de matemáticas.

Un año antes, en un aula pequeña con vistas a un aparcamiento, la señorita Rivera ya había visto las grietas. Su alumnado era amable, curioso, divertido. Muchos trabajaban por las tardes en tiendas familiares o cuidaban de hermanos pequeños. Algunos compartían libros de texto porque no había suficientes ejemplares para todos.

El día de una prueba nacional estandarizada, un chico llegó 20 minutos tarde, sin aliento, pidiendo disculpas. Había perdido el autobús. Otra chica no dejaba de mirar el móvil: su madre tenía un turno partido y necesitaba noticias. A mitad del examen, sonó la alarma de incendios. Fue una falsa alarma, pero la concentración se rompió como un cristal.

Meses después, esas horas interrumpidas se convirtieron en números en una hoja de cálculo. Un histograma. Un puesto en el ranking nacional. Nadie vio el lápiz roto, las miradas ansiosas, el niño que no desayunó porque la nevera estaba vacía.

En el papel, todo parecía un fracaso.

Los rankings educativos parecen limpios y objetivos. Una lista ordenada de «mejor» a «peor». Pero cualquiera que haya caminado por los pasillos de un colegio a las 8 de la mañana sabe que la realidad se mueve de otra manera. Las notas alinean al alumnado, sí, pero también alinean códigos postales, rutas de autobús y nóminas. Las regiones con centros infradotados, internet irregular y desplazamientos largos rara vez encabezan las tablas nacionales.

En esta región, muchos docentes lidian con clases más numerosas y materiales más antiguos. Algunos centros comparten personal especialista. Un profesor de ciencias puede repartir su tiempo entre tres campus. Cuando los resultados muestran «bajo rendimiento», también reflejan capas de decisiones de largo recorrido: recortes presupuestarios, políticas de vivienda, desaparición de empleo local.

Y aun así, hay otra verdad que afrontar. No todo puede echarse la culpa al mundo exterior. Las expectativas bajan en silencio. El cansancio se instala. Pequeñas brechas se convierten en cañones cuando nadie tiene tiempo o herramientas para cerrarlas. Esa es la parte que los gráficos no pueden explicar, pero que todo docente siente.

Donde empieza de verdad el cambio: movimientos pequeños y concretos dentro de aulas agotadas

El primer giro real en esta región no vino de un plan ministerial ni de un folleto brillante. Empezó en un aula cargada, un lunes lluvioso, con una pizarra que apenas se borraba y ventanas que no cerraban bien. El señor Patel, profesor de matemáticas treintañero, decidió que había terminado con enseñar para «la media».

Empezó cada semana con una «sesión de rescate» de diez minutos al inicio de clase. Nada de contenidos nuevos. Solo tres preguntas clave de las lecciones anteriores, resueltas por parejas. El alumnado con más dificultades se sentaba más cerca de él. El más fuerte explicaba los pasos en voz alta. Nadie era calificado por esos diez minutos.

En un mes, esos calentamientos se convirtieron en la parte más segura de la lección. Los chicos que normalmente callaban empezaron a susurrar, luego a hablar, luego a intentarlo. Un pequeño taller de reparación diaria para la comprensión.

Junto a esos ajustes en el aula, algunos centros de la región empezaron a cuestionar hábitos que estaban dañando el aprendizaje sin hacer ruido: deberes interminables sin retroalimentación, reuniones con familias que parecían interrogatorios, comparaciones públicas de clases según las notas. Eran prácticas «normales», pero iban erosionando la motivación.

Un instituto probó un ritmo distinto. Menos deberes, pero más tiempo estructurado en clase para practicar con apoyo. Más pruebas cortas, menos exámenes enormes que disparan la ansiedad. Llamadas rápidas a casa no solo cuando algo iba mal, sino también cuando iba bien. No fue una cura milagrosa. Fue un cambio de clima.

En una noche húmeda de noviembre, una reunión de familias se convirtió en algo inesperado. En lugar de diapositivas llenas de datos, la dirección proyectó tres preguntas escritas a mano: «¿Qué ayuda a tu hijo/a a aprender?», «¿Qué se interpone?», «¿Qué podríamos probar juntos durante un mes?».

Las respuestas fueron desordenadas y reales. Madres y padres cansados hablaron de jornadas largas. De niños compartiendo una habitación, un dispositivo, una mesa. De sus propios malos recuerdos de la escuela. Una madre dijo en voz baja que no ayudaba con los deberes porque le daba miedo «hacerlo mal».

«Nos dimos cuenta de que estábamos pidiendo a las familias que apoyaran el aprendizaje -dijo después la directora-, pero nunca habíamos escuchado de verdad cómo eran sus tardes.»

De esa noche salió un conjunto sencillo de acuerdos:

  • Deberes más cortos y claros, con ejemplos.
  • Una tarde a la semana «sin deberes» para tiempo en familia.
  • Talleres mensuales de estrategias básicas de matemáticas y lectura, abiertos a todo el mundo.

Seamos sinceros: nadie siguió todas las estrategias, todas las semanas. La vida se mete por medio. Pero se había tendido un puente donde antes había un muro.

Vivir con la etiqueta… y aprender a mirar más allá

Los rankings se pegan. Una vez que una región queda marcada como «de bajo rendimiento», la etiqueta se filtra en las conversaciones. Un adolescente, haciendo scroll en el móvil, puede toparse con un artículo que nombra su zona como una de las peores del país. Algunos lo encajan con indiferencia. Otros se lo toman como algo personal, como un insulto que no eligieron.

Un estudiante lo dijo sin rodeos a un periodista local: «Dicen que somos tontos. No nos conocen». Detrás del enfado había algo más silencioso: el miedo a que los adultos bajaran el listón sin decirlo. A que esperar menos se convirtiera en la norma. En un mal día, es tentador aceptar la etiqueta y seguir adelante.

En un buen día, puede ser un motivo para plantar cara.

Hay un peligro sutil en hablar solo de regiones «que fracasan». Reduce la historia. Da a entender que no pasa nada bueno, hagamos lo que hagamos docentes y alumnos. En realidad, incluso en las zonas peor clasificadas, hay aulas con energía, proyectos que funcionan, profesorado que se queda hasta tarde para ayudar a un niño más a resolver un problema.

Rara vez oímos hablar de eso porque no encaja bien en las tablas nacionales. Sin embargo, modela futuros mucho más que la nota media de una única prueba. Un club de ciencias que mantiene a un adolescente en la escuela. Un grupo de lectura que convierte a un lector reticente en alguien que devora en secreto novelas de fantasía por la noche.

Esos momentos no aparecen en los rankings. Aparecen años después: en entrevistas de trabajo, en la confianza, en decisiones que de repente parecen posibles.

En un martes gris por la tarde, mucho después del primer informe impactante, un inspector visitante se sentó al fondo de un aula de 2.º de ESO. El alumnado trabajaba en grupos pequeños, discutiendo -en el buen sentido- cómo resolver un problema difícil. Nadie parecía tener miedo de equivocarse. Un chico que había suspendido la prueba el año anterior levantó la mano, explicó su idea, se trabó y lo intentó de nuevo.

El inspector tomó notas, luego alzó la vista y observó, de verdad. Los rankings seguían situando a la región cerca del fondo. Pero aquí, en esta clase, la etiqueta no encajaba del todo con el ambiente.

Quizá ahí esté la historia real de las regiones «de bajo rendimiento». En el hueco entre lo que dicen los números y lo que está pasando, en silencio, cada día. En la mezcla de frustración y esperanza. En las conversaciones en mesas de cocina y salas de profesores, donde la gente admite que está cansada, pero no acabada.

Todos hemos tenido ese momento en el que una estadística dura parece un veredicto final. Sobre una escuela. Sobre un pueblo. A veces sobre nosotros mismos. La verdad rara vez es tan simple, o tan cruel.

Las puntuaciones importan. Revelan brechas que era demasiado fácil ignorar. Pero no son más que una instantánea. La pregunta más profunda -la que esta región está afrontando poco a poco- es qué elegimos hacer cuando se pasa el shock y los titulares siguen adelante. Si aceptamos en silencio el lugar que nos han asignado en la lista o lo tratamos como el punto de partida para un tipo distinto de historia.

Punto clave Detalle Interés para el lector
Las notas esconden vidas reales Los rankings nacionales rara vez muestran retrasos de autobús, viviendas abarrotadas o falta de libros detrás del «bajo rendimiento». Ayuda a cuestionar juicios rápidos sobre regiones o centros «malos».
Los cambios pequeños importan «Sesiones de rescate» diarias y cortas, deberes más claros y conversaciones honestas con las familias pueden ir desplazando los resultados poco a poco. Ofrece ideas concretas que cualquier comunidad educativa puede adaptar.
Las etiquetas no son destino Estar cerca del final del ranking no borra las victorias diarias ni el potencial a largo plazo. Anima a alumnado, familias y profesorado a no interiorizar una única etiqueta negativa.

Preguntas frecuentes

  • ¿El alumnado de regiones con bajo rendimiento es menos capaz? En absoluto. Las notas suelen reflejar una mezcla de factores: recursos, estabilidad en casa, condiciones de enseñanza y desigualdades de largo recorrido, no inteligencia «pura».
  • ¿Las pruebas estandarizadas cuentan realmente toda la historia? Aportan datos útiles sobre habilidades concretas en un momento determinado, pero no captan creatividad, resiliencia, talento práctico ni progreso personal a lo largo del tiempo.
  • ¿Qué pueden hacer las familias si viven en una zona «mal clasificada»? Hablar con regularidad con el profesorado, crear si es posible un rincón tranquilo para estudiar, valorar el esfuerzo más que las notas y mantener la curiosidad por lo que aprende su hijo/a.
  • ¿Cómo puede el profesorado sobrellevar la presión de unos malos rankings? Centrarse en lo que puede influir: rutinas de aula, relaciones, retroalimentación clara y cambios realistas. Compartir estrategias con los compañeros en lugar de cargar a solas con el peso.
  • ¿Puede una región subir de verdad desde el fondo del ranking? Sí, pero rara vez de la noche a la mañana. El progreso llega con mejoras pequeñas y constantes en la enseñanza, los servicios de apoyo, la implicación comunitaria y la inversión a largo plazo.

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