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Esta frase que muchos padres dicen a diario puede disminuir la motivación de sus hijos sin quererlo.

Padre e hijo construyen un volcán de papel en la cocina, rodeados de libros y lápices de colores.

Backpacks en el suelo, fiambreras a medio abrir, una lista de ortografía arrugada sobre la mesa. Tu hijo desliza hacia ti su hoja de matemáticas, con los ojos buscando tu cara. Tú miras el 18/20, sonríes y dices casi automáticamente: «¿Ves? Eres tan listo».

Te devuelve la sonrisa, pero algo en sus hombros se hunde un poco. Mañana, cuando los deberes se pongan más difíciles, duda más antes de empezar. Te dices a ti mismo que solo está cansado. Puede que lo esté. Puede que también sea otra cosa.

Hay una frase que la mayoría de los padres dicen todos los días, pensando que es puro amor y ánimo. En realidad, va desgastando en silencio la motivación de los niños como el agua sobre la roca.

La frase «bonita» que lentamente mata la motivación

La frase es simple, cálida y suena perfectamente adecuada: «Eres muy listo».
O sus primas: «Eres un genio». «Tienes un talento natural». «Eres el listo de la familia».

Se siente como el equivalente verbal de un abrazo. Sale cuando estamos orgullosos, cuando sacan buena nota, cuando dibujan algo bonito, cuando dominan una habilidad nueva. Queremos que sepan que los vemos, que brillan.

Sin embargo, repetida cada día, este tipo de elogio puede convertirse en un abrigo suave pero pesado que no saben cómo quitarse. Sobre todo cuando empiezan a temer que quizá no se lo merezcan.

Una profesora en Londres cuenta la historia de Mia, una niña tranquila de 9 años. Era la mejor de su clase en lectura, la niña de la que todos esperaban que sacara sobresaliente en cada examen. En casa oía a menudo: «Eres tan lista, siempre lo haces bien».

Un día la clase recibió un nuevo tipo de ejercicio de matemáticas. Nuevo formato, preguntas más tramposas. Mia miró la hoja, se quedó paralizada y… no hizo casi nada. Cuando la profesora le preguntó por qué, Mia susurró: «No quería equivocarme».

Su examen volvió con una nota baja, no porque no supiera el temario, sino porque apenas lo intentó. En la reunión con los padres, su madre se quedó atónita. El colegio nunca había sido un problema. En casa, Mia había empezado a decir en voz baja: «Yo no soy de mates», como si fuera un rasgo fijo de nacimiento.

Los psicólogos llaman a esto «mentalidad fija». Cuando un niño oye constantemente «eres listo», puede empezar a pensar que su valor depende de ser bueno de manera natural, al instante. Así que los retos dejan de ser juegos y se convierten en amenazas.

Si lo intenta y falla, quizá no sea tan listo después de todo. Ese riesgo da miedo para un niño de 7, 10 o 14 años. Así que elige caminos más seguros: tareas más fáciles, empollar en el último momento o evitar cosas nuevas por completo. El esfuerzo empieza a sentirse como prueba de que le falta algo, en lugar de ser un puente hacia el progreso.

Con el tiempo, algunos niños se vuelven dependientes del elogio. Buscan aprobación en las caras, en vez de buscar soluciones en los problemas. Ese «Eres muy listo» diario empieza a ir en contra de justo lo que los padres quieren: impulso interno, curiosidad y valentía.

Qué decir en su lugar cuando quieres animar

La buena noticia es que no necesitas un título en psicología ni un guion perfecto. Solo necesitas un pequeño cambio: pasar de elogiar quiénes «son» a fijarte en lo que hacen.

Cuando tu hijo te enseña una buena nota, cambia «Eres muy listo» por cosas como: «Te has mantenido con esas preguntas de práctica», o «Probaste una estrategia nueva y te salió bien».
Parece una tontería, casi demasiado pequeño como para importar. Sin embargo, repetido, enseña una historia distinta: la habilidad es algo que construyes, no algo que o tienes o no tienes.

Ese pequeño cambio desplaza su atención de demostrar su valía a mejorar sus habilidades. Les da un espacio seguro para fallar, aprender y volver más fuertes.

Aquí tienes algunos cambios reales que padres han usado en la mesa de la cocina. Un padre en Manchester cambió «Has nacido lector» por «Me encanta que no te rindieras con ese capítulo tan largo, incluso cuando se puso aburrido». Su hija, que antes evitaba los libros difíciles, empezó a elegir por su cuenta otros un poco más exigentes.

La madre de un adolescente cambió «Es que tú tienes talento para los idiomas» por «Me he dado cuenta de que seguiste aunque esos verbos fueran confusos». Más tarde su hijo admitió: «Yo pensaba que los idiomas eran “lo mío”. Cuando se ponía difícil, me sentía tonto. Ahora es como… es normal que sea difícil».

Estos cambios no suenan dramáticos. No son discursos virales de TikTok. Son tranquilos, repetibles, casi corrientes. Ahí está su poder. El cerebro presta mucha atención a lo que se destaca día tras día. En meses y años, así es como un niño escribe su propio guion interior.

En el fondo, se trata de enseñar a los niños que el esfuerzo, las estrategias y la constancia son lo que realmente marca la diferencia. No el talento mágico. No ser «el listo». Cuando lo creen, es mucho más probable que acepten retos, reciban feedback y lo intenten de nuevo tras un tropiezo.

Así que, en lugar de pegar etiquetas a su identidad, iluminas el proceso: la paciencia, la práctica, los pequeños experimentos. Así la motivación deja de ser un globo frágil y se convierte en algo mucho más estable y resistente.

Cómo cambiar tu lenguaje sin sonar falso

No tienes que prohibir la palabra «listo» para siempre. Solo estás añadiendo más herramientas a tu caja de elogios. Empieza por situaciones que ya disparan el reflejo antiguo: deberes, deporte, música, tareas domésticas.

Cuando llegue el momento, haz una pausa de medio segundo antes de hablar. Busca algo concreto que haya hecho: «Has revisado dos veces las respuestas», «Fuiste más despacio en esa parte complicada», «Pediste ayuda cuando te quedaste atascado». Corto, simple, verdadero.

Si te pillas diciendo «Eres muy listo», puedes añadir con suavidad una nota sobre el proceso: «Eres muy listo… y me gusta mucho cómo seguiste incluso cuando esa parte se puso difícil». Pequeñas ediciones así van cambiando poco a poco el mensaje que reciben.

Habrá días en los que estés cansado, distraído o mirando el móvil mientras te agitan un dibujo delante de la cara. Esos días, las frases de siempre salen primero. Es normal.

Procura no convertir esto en otro proyecto de culpa. Piénsalo como aprender un nuevo hábito verbal, igual que un día dejaste de decir «móvil» y empezaste a decir «teléfono» (o al revés) sin montar una ceremonia. Los niños no necesitan palabras perfectas; necesitan palabras que suenen honestas.

Y la honestidad incluye las partes desordenadas. Un adolescente te escuchará más si admites: «Estoy intentando elogiar más tu esfuerzo; puede que al principio suene raro». Seamos honestos: nadie hace esto realmente todos los días.

«Los niños construyen su voz interior a partir de las frases que oyen con más frecuencia. Si esa voz dice: “Eres listo solo cuando tienes éxito”, huirán de cualquier cosa que amenace esa imagen».

  • Cambia las etiquetas de identidad por elogios al esfuerzo: «Te lo has currado», en lugar de «Tienes un don».
  • Nombra estrategias, no solo resultados: «Dividirlo en pasos te ayudó mucho ahí».
  • Normaliza el esfuerzo y la dificultad: «Esto era difícil y seguiste. Así es como la gente crece».
  • Usa «todavía»: «Aún no lo entiendes, pero vas en camino».
  • Mantén el cariño: añade abrazos, humor y orgullo compartido junto al nuevo lenguaje.

¿Con qué tipo de motivación quieres que crezca tu hijo?

Piensa en los niños que conoces que se iluminan cuando algo es difícil. El chico que se ríe cuando las instrucciones del Lego se complican. La chica que encaja una mala nota y dice: «La próxima vez lo haré mejor». No es que sean mágicamente intrépidos. En algún lugar, alguien les enseñó que intentarlo otra vez no es vergonzoso.

El lenguaje es una parte importante de ese entrenamiento. Las frases diarias que flotan entre el sofá, el coche y la mesa de la cocina van decidiendo lentamente si un niño ve los retos como acantilados o como paredes de escalada. Una historia les dice: «Protege tu imagen». La otra susurra: «Puedes con esto. Estás aprendiendo».

En lo práctico, cambiar «Eres muy listo» por elogios centrados en el esfuerzo puede aliviar las batallas con los deberes, reducir las lágrimas por los errores y abrir conversaciones más honestas sobre el miedo y el fracaso. En un nivel más profundo, da a los niños permiso para estar en construcción, que, sinceramente, es lo único que cualquiera de nosotros está.

En un mal día, puede que sueltes otra vez la frase de siempre. En un buen día, puede que te des cuenta y digas algo que les llegue de otra manera al corazón. Eso ya es una revolución silenciosa. Y quizá sea una que tu hijo lleve dentro de su propia voz mucho después de que tu cocina vuelva a estar, por fin y benditamente, en silencio.

Punto clave Detalle Interés para el lector
La frase «Eres muy inteligente» Refuerza una «mentalidad fija», centrada en el ego más que en el esfuerzo Entender por qué una frase positiva puede frenar la motivación
Elogio orientado al esfuerzo Pone el foco en la perseverancia, las estrategias y el progreso Disponer de formulaciones concretas para usar a diario
Microcambios de lenguaje Pequeñas correcciones naturales, adaptadas a la vida real Adoptar estas prácticas sin presión ni perfeccionismo

Preguntas frecuentes (FAQ)

  • ¿Qué tiene de malo decirle a mi hijo que es listo si de verdad lo creo? No hay nada «malo» de vez en cuando, pero repetido a diario puede hacer que tema perder esa etiqueta y evite retos que puedan sacar a la luz errores.
  • ¿Es malo elogiar buenas notas o victorias? No. Puedes seguir celebrando los resultados. Solo añade qué lo hizo posible: esfuerzo, estrategias, pedir ayuda, práctica a lo largo del tiempo.
  • ¿Cómo empiezo con un adolescente que ya parece desmotivado? Empieza por notar incluso esfuerzos pequeños sin sarcasmo: «Hoy has llegado a casa a tu hora», o «Has abierto ese libro; es un comienzo». Mantén un tono ligero pero sincero.
  • ¿Centrarse en el esfuerzo no hará que crean que los resultados no importan? Los resultados importan, pero el esfuerzo es lo que pueden controlar. Conectar ambos («Tu plan de repaso mejoró mucho esa nota») les enseña cómo influir en los resultados.
  • ¿Y si a mí mis padres siempre me elogiaron la inteligencia y he salido bien? A muchos adultos les pasó. Esto no va de culpas, sino de darle a tu hijo una ventaja extra: una mentalidad que facilite seguir curioso y seguir intentándolo cuando la vida se pone cuesta arriba.

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