El hombre con el polo manchado de aceite se inclina por la ventanilla abierta del coche y señala el surtidor.
-¿Lo ves? -dice en voz baja-. La pistola no está bien colocada en su soporte. Ahí es donde te la cuelan.
Al otro lado de la explanada, todoterrenos y coches de alquiler hacen cola bajo el calor; niños discuten por las listas de reproducción; turistas miran el precio equivocado en el gran cartel de la carretera. Nadie mira la pequeña pantalla digital que de verdad importa.
El encargado da unos golpecitos en el lateral del surtidor con su bolígrafo. Lleva 17 veranos aquí. Ha visto todos los trucos. Algunos legales, otros no. Algunos organizados por personal turbio; otros, por oportunistas cualquiera que simplemente detectan una apertura.
Me dice que este año hay un giro nuevo. Y, una vez lo ves, ya no puedes dejar de verlo.
«La pistola no está bien colocada»: cómo funciona realmente la estafa
Sobre el papel, la estafa parece casi demasiado simple. Vive en esa ventana caótica de 30 segundos en la que entras, te bajas de un salto y te apresuras a repostar antes de que la fila de detrás empiece a tocar el claxon.
Pasas la tarjeta o acercas el móvil, miras el precio por galón, quizá compruebas los retrovisores. Lo que casi nunca compruebas es si la transacción anterior se cerró de verdad. O si el surtidor sigue “activo”.
Esa es la grieta minúscula que necesitan los estafadores: una venta a medias. Un conductor distraído. Una pistola que nunca volvió del todo a su gancho.
Así lo describen los encargados de las gasolineras. Un estafador llega primero e inicia una transacción. Puede echar un poco de combustible y luego parar.
En vez de colgar la pistola correctamente, la deja a un paso del cierre, o apoyada de forma que no reinicia por completo el surtidor. La pantalla puede quedarse silenciosamente activa, a la espera.
Llegas tú después. Pagas creyendo que empiezas desde cero. En realidad, unos cuantos euros de lo que crees que es tu combustible pueden “colarse” en la transacción anterior, que quedó “abierta”. En días de mucho movimiento en verano, eso suma rápido.
Algunas estaciones tienen sistemas de reinicio automático robustos. Otras… no tanto. Surtidores antiguos y actualizaciones de software hechas con prisas pueden crear zonas grises raras entre “terminado” y “todavía activo”.
Si a eso le sumas personal que va a mil con cafés, comprobaciones de DNI para tabaco y boletos de lotería, es fácil que una transacción medio abierta pase desapercibida.
Desde el punto de vista legal, es un lío. Demostrar intención es difícil. ¿Fue un fallo o una preparación deliberada? Pero para el conductor que paga 6–10 dólares de más en un depósito lleno, ese matiz da igual. El dinero ya ha desaparecido.
Cómo protegerte en el surtidor, desde hoy
La primera norma del encargado es casi aburrida por lo simple: antes de tocar la pistola, mira.
Echa un vistazo a la pantalla. Debería marcar cero en todo. Sin euros residuales, sin céntimos al azar, sin galones que sobren. Si algún número se está moviendo, para ahí mismo.
Después mira la propia pistola. ¿Está encajada con firmeza en su soporte? Deberías notar una posición “final” clara y mecánica cuando está en reposo. Ese detalle pequeño es la línea que separa tu transacción de la de otra persona.
La mayoría de conductores se saltan este paso porque están cansados, llegan tarde o simplemente están acostumbrados a confiar en el surtidor. En un viaje largo, piensas en los baños, los snacks, la siguiente salida del hotel. No en quién usó ese surtidor cinco minutos antes.
En una tarde abrasadora de agosto, justo entonces es cuando eres más vulnerable. Tu cerebro está en modo supervivencia, no en modo auditoría.
Seamos sinceros: nadie va por ahí todos los días descifrando pantallas de surtidores como si fuera un contable forense. Por eso un hábito minúsculo, repetido, vale más que grandes intenciones.
Un encargado con el que hablé en Arizona lo dijo sin rodeos:
«Si la pistola no está bien colocada, trato ese surtidor como si estuviera contaminado. Cancelo la venta, lo reinicio desde el mostrador o paso al cliente a otro carril.»
Recomienda una lista mental sencilla que puedes hacer en menos de diez segundos:
- Comprobación de cero: busca $0.00 y 0.000 galones antes de pagar.
- Comprobación de la pistola: asegúrate de que está bien enganchada en el soporte, no colgando ni medio encajada.
- Comprobación del recibo: si algo no te cuadra, pulsa “recibo” y guárdalo.
Ese pequeño ritual te convierte de objetivo fácil en alguien que da trabajo. Y los estafadores odian que les den trabajo.
La psicología silenciosa que hace que esta estafa sea tan eficaz
Hay otra capa en esta historia que no tiene nada que ver con la tecnología ni con los surtidores. Va de personas.
Las gasolineras en verano son ollas a presión: niños pequeños gritando, móviles vibrando, el sol hirviendo a través del parabrisas. En un viaje por carretera, tu atención ya está repartida en tiras.
A un nivel más profundo, confiamos en los sistemas que parecen oficiales. El cartel alto de precios, el logotipo familiar, el pitido del lector de tarjetas. Nuestro cerebro se dice en voz baja: “Si algo estuviera mal, alguien más lo vería”.
Un sábado abarrotado cerca de la playa, vi a tres conductores seguidos empezar a repostar mientras la venta anterior aún parpadeaba en la pantalla. Ninguno se dio cuenta.
Una mujer frunció el ceño un instante ante una cantidad rara de céntimos, luego se encogió de hombros y empezó igualmente. La cola detrás crecía. Un tipo en una pickup ya había tocado el claxon.
Esa ligera presión social -la sensación de estar “estorbando”- a menudo supera nuestro instinto de comprobar dos veces. Los estafadores dependen de ese pequeño momento de vergüenza para que haga el trabajo por ellos.
Desde el lado de la estación, el panorama tampoco siempre es claro. Muchos dueños son familias locales, no gigantes petroleros sin rostro nadando en beneficios. Se las apañan con márgenes finísimos, surtidores averiados y falta de personal.
No ven a todos los malos actores, y saben que si corre la voz de que “hay una estafa en esta estación”, los clientes habituales quizá no vuelvan.
A nivel humano, eso crea silencio. Los problemas que existen se susurran en despachos traseros y grupos privados de Facebook, en lugar de aparecer en grandes carteles de advertencia junto a los surtidores.
| Punto clave | Detalle | Interés para el lector |
|---|---|---|
| Revisa la pantalla | Busca $0.00 y 0.000 galones antes de pagar | Reduce el riesgo de pagar una transacción anterior |
| Vigila la pistola | Confirma que está totalmente encajada y “hace clic” al colocarse | Ayuda a detectar surtidores que quizá no se reiniciaron bien |
| Confía en tu instinto | Si los números se ven raros o el surtidor se comporta de forma extraña, para y avisa al personal | Evita que pequeñas dudas se conviertan en pérdidas reales |
Preguntas frecuentes
- ¿Cómo sé si un surtidor no se ha reiniciado bien? Deberías ver $0.00 y 0.000 galones limpios en la pantalla. Cualquier cantidad restante, incluso unos céntimos o una mínima cantidad, significa que la última venta puede no haberse cerrado del todo.
- ¿Puedo recuperar el dinero si creo que pagué el combustible de otra persona? Entra inmediatamente, mantén la calma y pide al encargado que revise el registro del surtidor y la transacción. Muchos te ayudarán si está claro que hubo un fallo del sistema o algo no cuadraba.
- ¿Todas las situaciones de “pistola mal colgada” son una estafa? No. A veces es solo un conductor con prisa o un soporte desgastado. El riesgo aparece cuando una pistola suelta se combina con una pantalla que aún no marca cero.
- ¿Es más común en ciertos tipos de estaciones? Los avisos suelen aumentar en paradas de autopista con mucho tráfico, equipos antiguos y mucho turismo, donde la rotación es rápida y la atención escasea.
- ¿Cuál es la forma más rápida de protegerme sin ralentizar a nadie? Crea un hábito de 3 pasos: vistazo rápido a la pantalla, vistazo rápido a la pistola, comprobación rápida del instinto. Son cinco segundos y enseguida se vuelve automático.
A la larga, a todo el mundo le la han colado alguna vez al repostar. Seleccionar el combustible equivocado, un doble cargo en la tarjeta, un recuento de galones que no cuadra con el dinero en tu cuenta.
En un fin de semana festivo abarrotado, el escozor se siente más, porque ya vas justo. En un martes por la noche tranquilo, se siente casi personal. Como si alguien te hubiera metido la mano en el bolsillo mientras tú solo intentabas volver a casa.
Todos hemos vivido ese momento en el que te alejas de la gasolinera repasando números en la cabeza, intentando decidir si te lo has imaginado o si había algo raro.
La estafa de “la pistola no está bien colocada” se instala justo en ese espacio borroso entre accidente e intención. Quizá un fallo. Quizá un buscavidas. Quizá una mezcla de ambas.
Lo que cambia el equilibrio es la conciencia. Cuando empiezas a fijarte en el estado de la pistola, en la pantalla a cero, en el ritmo de tu propia rutina, ya no puedes volver del todo a repostar en piloto automático.
Empiezas a ver pequeñas historias en cada surtidor: quién lo usó antes que tú, qué pudo pasar, por qué ese de hoy se ve un poco distinto.
Las gasolineras seguirán cambiando. Más cámaras, surtidores más inteligentes, todo sin contacto. Los trucos evolucionarán con ellas.
Pero la dinámica central no se mueve: humanos distraídos, transacciones rápidas, calor de verano que vuelve a todo el mundo un poco menos fino. Ese es el hueco donde viven las estafas silenciosas.
La próxima vez que entres, con el motor aún crepitando y la música sonando, prueba un experimento mínimo. Para dos segundos, mira la pantalla, toca la pistola y fíjate en lo que notas.
Puede que no encuentres nada. O puede que de pronto veas lo que ese encargado cansado intentaba enseñarme, con una frase sencilla y un dedo que señalaba: «La pistola no está bien colocada».
Comentarios
Aún no hay comentarios. ¡Sé el primero!
Dejar un comentario