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Calefacción: adiós a la norma de 19 °C, esta es la temperatura que recomiendan ahora los expertos.

Persona ajustando un termostato digital en la pared, sosteniendo una taza, con un salón acogedor de fondo.

El termómetro del salón parpadea en 19 °C con un rojo tenue.

Fuera, el cielo tiene el color del cemento mojado, y los radiadores borbotean como si despertaran a regañadientes. Te ciñes la chaqueta de punto, subes el termostato un pequeño punto… y te detienes. Esa vieja voz en tu cabeza susurra: «No más de 19 °C. Esa es la norma».

Durante años, esa cifra ha planeado sobre nuestros inviernos como una obligación moral. Los buenos ciudadanos lo mantienen bajo. Los hogares responsables tiritan un poco. Facturas de energía, culpa climática, preocupaciones de salud… todo comprimido en un par de grados.

Sin embargo, en silencio, los expertos han empezado a pasar página. Médicos, ingenieros de edificación e incluso especialistas del sueño ya no hablan de un único número «correcto». Hablan de rangos de confort, de cuerpos vulnerables y de algo llamado «estrés térmico».

La famosa norma de los 19 °C se está resquebrajando. Y el nuevo número mágico puede sorprenderte.

La nueva zona de confort: por qué 19 °C ya no es el patrón oro

Cuando hablas hoy con especialistas en calefacción, oyes lo mismo: la obsesión por los 19 °C no refleja cómo vive realmente la gente. Nació de campañas de ahorro energético y de antiguos estándares de construcción, no de las necesidades de tu cuerpo. Ahora, muchos expertos recomiendan una franja confortable en lugar de un objetivo rígido.

Para la mayoría de los adultos sanos, esa franja se sitúa aproximadamente entre 20 °C y 21 °C en las zonas de estar. Algunas asociaciones médicas y organismos de salud pública incluso suben hasta 22 °C en hogares con bebés, personas mayores o cualquiera con problemas cardiacos o respiratorios. La nueva regla práctica es simple: 19 °C puede estar bien durante periodos cortos, pero ya no se considera el punto de referencia universal.

Imagina dos pisos en la misma ciudad. Misma temperatura exterior, mismo proveedor de energía, la misma norma de 19 °C pegada en la puerta de la nevera. En el primero, una pareja joven en un piso bien aislado está cómoda en camiseta a 19 °C, con los pies sobre una alfombra gruesa, el sol entrando a raudales por ventanas de doble acristalamiento. En el segundo, una persona jubilada que vive sola en un bloque de los años 60 con corrientes se acurruca bajo una manta a esos mismos 19 °C, con aire frío colándose por las ventanas y un suelo de hormigón que se siente como hielo.

Sobre el papel, ambos hogares «cumplen» la recomendación de 19 °C. En la práctica, no ofrecen el mismo confort térmico ni la misma protección para la salud. Los estudios sobre clima interior muestran que nuestra percepción de la temperatura depende mucho de la humedad, el movimiento del aire, las superficies y la ropa. Cada vez más, los investigadores hablan de «temperatura operativa» -lo que tu cuerpo siente realmente-, y ahí es donde 21 °C suele encajar como una media más realista para viviendas modernas.

Los especialistas en energía también han cambiado el tono. Con las facturas disparadas y los objetivos climáticos en el horizonte, no están animando a nadie a poner la calefacción a tope. Pero sí advierten de los costes ocultos de vivir en casas crónicamente frías: moho, humedad, empeoramiento del asma, estrés cardiovascular. Una temperatura ligeramente más alta pero estable, alrededor de 20–21 °C en zonas de estar y 18–19 °C en dormitorios, se presenta ahora a menudo como el compromiso sensato entre salud y consumo energético. El nuevo mensaje: tu confort no es un fallo moral.

Cómo calentar de forma más inteligente en torno a 20–21 °C (sin que se dispare la factura)

Alejarse de los 19 °C no significa girar el termostato a 23 °C y cruzar los dedos. Los expertos hablan menos de «cuánto» y más de «cuán constante». El cuerpo odia los cambios bruscos. Está imponiéndose un método preciso: elige un objetivo de confort realista (20–21 °C en zonas de estar) y busca un calor lento y continuo en lugar de picos dramáticos.

El paso práctico es fijar el termostato en la temperatura elegida y limitar las grandes bajadas nocturnas. En vez de pasar de 21 °C por la tarde a 15 °C por la noche, muchos ingenieros de calefacción sugieren una reducción suave de 1–2 grados. Así los radiadores no tienen que empezar de cero cada mañana y la estructura del edificio se mantiene templada. En viviendas bien aisladas, este modo estable a menudo consume menos gas o electricidad que los extremos diarios, aunque el ajuste parezca «más alto» sobre el papel.

Aquí viene la parte que a nadie le gusta admitir: la ropa, las alfombras y las cortinas suelen cambiar tu confort más que un grado adicional en la ruleta. En una noche húmeda de martes, esa combinación importa. Unos calcetines gruesos, una camiseta interior y una manta en el sofá pueden hacer que 20 °C se sienta acogedor, mientras que 21 °C en camiseta sigue pareciendo fresco. En una tarde soleada, unas ventanas orientadas al sur pueden llevar tu temperatura «percibida» muy por encima del número del termostato.

En la práctica, los expertos recomiendan con frecuencia zonificar la vivienda. Mantén las estancias de uso en esa franja de 20–21 °C cuando estés en ellas, deja las habitaciones sin uso en torno a 16–17 °C y utiliza «impulsos» locales, como un calefactor eléctrico pequeño, solo para momentos breves y concretos. Los datos sobre interiores recopilados durante la pandemia mostraron que quienes controlaban habitaciones específicas -en lugar de un ajuste global- declaraban mayor confort y a menudo consumían menos energía en conjunto. No es glamuroso, pero gestionar puertas y usar burletes sencillos bajo ellas realmente inclina la balanza.

A los profesionales de la calefacción les encanta repetir una cosa: la temperatura es solo la mitad de la historia; el ritmo es la otra mitad. Ven los mismos errores una y otra vez. La gente corta la calefacción por completo cuando sale, deja que la casa baje a 14 °C y luego la pone a tope al volver, pensando que se está ahorrando un dineral. En realidad, paredes, suelos y muebles se convierten en bloques de hielo que requieren grandes picos de energía para recalentarse.

Seamos honestos: nadie hace eso todos los días de verdad. La mayoría cae en una zona intermedia: a veces baja demasiado, a veces se olvida por la noche, a veces sobrecorrige porque «tiene frío» tras estar horas sin moverse. Por eso muchos expertos recomiendan ahora termostatos programables ajustados a esa nueva banda de confort, con franjas horarias suaves en vez de reacciones manuales. El objetivo no es una Casa Inteligente perfectamente optimizada. Es menos efecto yo-yo, menos culpa, más previsibilidad.

«El punto óptimo no es una temperatura para todo el mundo; es una banda estrecha en la que te sientes cómodo, tu vivienda se mantiene seca y tus facturas no asustan», explica un fisiólogo energético. «Para muchos hogares hoy, eso significa estancias entre 20 y 21 °C, dormitorios un par de grados más bajos y un ritmo estable durante 24 horas».

En términos muy prácticos, los expertos vuelven una y otra vez a unas palancas simples que hacen que 20 °C se sienta como 21 °C sin tocar el termostato:

  • Usa cortinas gruesas por la noche y ábrelas del todo cuando el sol incida en las ventanas.
  • Cubre suelos fríos con alfombras para reducir el efecto de «pies fríos» que engaña al cerebro.
  • Purga los radiadores y mantenlos libres de muebles para que el calor circule.
  • Sella las corrientes evidentes en ventanas y puertas con espuma o burletes económicos.
  • Duerme un poco más fresco (en torno a 18–19 °C) con un mejor edredón en lugar de sobrecalentar toda la casa.

El lado emocional de los grados: por qué esta nueva norma se siente diferente

Rara vez se habla de ello, pero la temperatura del hogar es profundamente emocional. No son solo números; son recuerdos de infancia de pasillos fríos, facturas sobre la mesa de la cocina, discusiones por ventanas abiertas. En una tarde lluviosa de domingo, ese 1 °C de diferencia entre 20 y 21 puede sentirse como un pequeño acto de amabilidad contigo mismo -o como un lujo culpable-, según tu historia.

Las campañas públicas de la última década machacaron la idea de que «19 °C es responsable; cualquier cosa por encima es derroche». Ese mensaje ayudó a reducir emisiones, pero también dejó a mucha gente soportando incomodidad en silencio, especialmente inquilinos en edificios mal aislados. A medida que las organizaciones sanitarias alertan de que las viviendas frías aumentan los ingresos hospitalarios, el enfoque moral se suaviza. Hablando hoy con expertos se aprecia más matiz: el clima no gana si la gente desarrolla bronquitis en pisos húmedos mantenidos a 17–18 °C por vergüenza.

Las nuevas recomendaciones en torno a 20–21 °C reflejan este cambio. Intentan equilibrar tres realidades que no siempre se llevan bien: el planeta, tu presupuesto y tu cuerpo. A nivel racional, la idea es simple: evita excesos, evita extremos, protege primero a las personas más frágiles. A nivel humano, es más sutil. Ese solo grado que añades o quitas carga historias: de padres que lo pasaron mal, de inviernos interminables, de objetivos que temes no cumplir.

Todos hemos vivido ese momento en el que visitas la casa de un amigo en invierno y el piso se siente como un abrazo cálido, mientras que el tuyo parece poco acogedor en comparación. De repente cuestionas tus normas, tus facturas, la configuración del termostato. Ese juego de comparaciones no es solo social; también es sensorial. Nuestros cuerpos se recalibran constantemente. Una semana en una casa a 21 °C cambia cómo percibes 19 °C. Por eso los expertos insisten en pensar en rangos y no en mandamientos. Una banda flexible de 18 °C por la noche a 21 °C por la tarde deja espacio para que la vida ocurra.

Así que cuando los especialistas dicen que la norma de 19 °C «se ha acabado», no están cancelando la sobriedad energética. Están jubilando un eslogan de talla única y reemplazándolo por una conversación: quién vive aquí, cómo es el edificio, cuál es la humedad, cuál es el presupuesto, qué te hace sentir realmente seguro y bien. Esa conversación no cabe en un cartel de campaña. Pero sí cabe, en silencio, en tu próxima tarde de invierno, cuando mires el termostato y elijas un número que por fin tenga sentido para ti.

Punto clave Detalle Interés para el lector
Nuevo rango de confort Los expertos apuntan ahora a 20–21 °C para las zonas de estar, ligeramente más para personas vulnerables. Ayuda a elegir un objetivo realista sin culpa.
Estabilidad frente a extremos Una calefacción suave y continua, con pequeñas bajadas, suele ser más eficiente que grandes oscilaciones diarias. Puede reducir la factura manteniendo la casa más confortable.
Confort de todo el cuerpo Ropa, suelos, cortinas y control de corrientes cambian cómo se percibe una temperatura. Aporta formas no técnicas de sentirse a gusto con ajustes más bajos.

Preguntas frecuentes

  • ¿Sigue siendo seguro 19 °C para un adulto sano? Para muchos adultos sanos, 19 °C en las zonas de estar puede ser tolerable, especialmente si la vivienda está seca y bien aislada. Aun así, muchos expertos ven ahora 20–21 °C como un objetivo diario más cómodo y sostenible, dejando 19 °C para periodos cortos o estancias menos usadas.
  • ¿Qué temperatura recomiendan los médicos para las personas mayores? Los organismos de salud suelen aconsejar alrededor de 21 °C en la sala principal y no bajar de unos 18–19 °C en otras estancias ocupadas para personas mayores, especialmente con problemas cardiacos o respiratorios.
  • ¿Sale más barato apagar la calefacción cuando salgo? Apagarla durante unas horas puede ahorrar dinero, pero dejar la casa muy fría y recalentar desde cero suele ser menos eficiente. Una bajada moderada (2–3 grados) durante ausencias suele ser un mejor equilibrio.
  • ¿Cuál es la temperatura ideal del dormitorio? Muchos expertos en sueño sugieren aproximadamente 18–19 °C para la mayoría de las personas, algo más para bebés y personas frágiles. La ropa de cama importa tanto como el número exacto del termostato.
  • ¿Subir 1 °C aumenta mucho el consumo? El consumo suele aumentar con cada grado extra, pero la magnitud depende del aislamiento, del sistema de calefacción y de los hábitos. Mejorar el sellado contra corrientes y mantener una calefacción estable puede, a veces, compensar ese grado adicional en la factura.

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