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Bajo 2 km de hielo antártico, científicos hallan un mundo perdido de hace 34 millones de años.

Hombre con chaqueta naranja examina un núcleo de hielo en un laboratorio con equipo científico.

Un grupo de parkas naranjas se apiña alrededor de un estrecho agujero en el hielo; el aliento se convierte en diminutas nubes que desaparecen al instante. Alguien revisa un monitor con los dedos entumecidos; otra persona limpia la escarcha de una consola metálica. Dos kilómetros bajo ellos, la cabeza perforadora por fin muerde algo nuevo.

Durante unos segundos no pasa nada. Solo el viento, algunas risas nerviosas, el crepitar de una radio medio llena de estática. Entonces, un pequeño cilindro de barro y roca, oscuro como posos de café, se eleva con cuidado hacia la luz blanca deslumbrante.

En ese momento, de pie en un continente que parece el fin del mundo, el equipo comprende que lo que quizá han encontrado no es hielo muerto.

Sino un mundo perdido que en otro tiempo floreció con vida.

Lo que los científicos encontraron bajo 2 km de hielo antártico

Si hubieras estado allí, al borde de la plataforma de perforación, lo primero que te habría golpeado sería el contraste. Arriba: un desierto infinito y plano de hielo, sombras azules, un horizonte tan vacío que parece capaz de tragarse una ciudad. En sus manos: sedimentos húmedos y desmigajados que huelen levemente a tierra antigua. Las muestras de testigo se extrajeron en segmentos, dispuestas como una línea temporal sobre estanterías metálicas; cada sección, una fina lámina de tiempo profundo.

Los técnicos se inclinaban sobre ellas con cepillos y bisturís, tomando trocitos para la tienda-laboratorio. Bajo los microscopios, ese barro aparentemente insignificante se transformaba en una galería de fantasmas: granos de polen atrapados, fragmentos de hojas, las delicadas siluetas de microorganismos muertos hace mucho. Esto no se suponía que estuviera aquí, bajo un lugar que solo imaginamos como helado, sin vida y hostil.

Esos granos de polen contaban una historia que los científicos solo habían conjeturado hasta ahora. Hace unos 34 millones de años, cuando la Antártida empezó su lento deslizamiento hacia la congelación profunda, este punto no era un páramo estéril. Era un paisaje bajo, surcado por ríos y humedales, bordeado por densos bosques templados. Algunas capas muestran rastros que coinciden con hayas y coníferas modernas. Otras insinúan comunidades vegetales que ya no existen en ningún lugar de la Tierra.

Mediante huellas químicas encerradas en los sedimentos, los investigadores pudieron estimar temperaturas y precipitaciones del pasado. No estaban viendo un breve episodio cálido. Estaban observando un ecosistema estable y próspero, que duró lo suficiente como para dejar paquetes gruesos de barro rico en materia orgánica. Es como si alguien hubiera puesto en pausa un bioma entero y luego lo hubiera escondido bajo 2.000 metros de hielo.

La cronología de este mundo enterrado fue lo que realmente sacudió a los científicos del clima. Hace unos 34 millones de años, el planeta cruzó un punto de inflexión. La Antártida, antes verde y relativamente templada, empezó de repente a congelarse. Cambiaron las corrientes oceánicas, creció una capa de hielo permanente y el nivel del mar descendió en todo el mundo. El nuevo testigo sugiere que esta transformación pudo haber sido más brusca en algunas regiones de lo que predecían los modelos. Eso significa que nuestra era actual de calentamiento rápido también podría estar empujando el sistema hacia nuevos puntos de inflexión, solo que en la dirección contraria.

Cómo se perfora un mundo perdido sin romperlo

Llegar a ese barro antiguo no consiste en tirar un tornillo gigante al hielo y cruzar los dedos. El equipo usó una perforadora de agua caliente, básicamente una hidrolimpiadora a escala industrial, para fundir un conducto perfectamente recto a través del hielo. Se bombea agua caliente hacia abajo por una manguera, golpeando el hielo hasta convertirlo en una mezcla en circulación que excava un túnel tan liso como el vidrio. El verdadero reto no es bajar. Es evitar que ese túnel artificial vuelva a congelarse y se cierre en cuestión de horas.

Una vez abierto el agujero de acceso, se baja por cables un sistema de extracción de testigos independiente, sección a sección. Cada pieza del equipo se esteriliza para evitar contaminar lo que pudiera esconderse debajo. Hay una coreografía extraña: bajar, girar, cortar, recuperar. Largos cilindros metálicos regresan a la superficie, pesados de hielo y sedimento que no ha visto la luz del sol desde antes de que existieran los seres humanos. Todo el proceso se siente extrañamente quirúrgico, como operar al propio planeta.

El escenario pesadillesco para cualquier científico sobre ese hielo es sencillo: viajas hasta allí, quemas toneladas de combustible, perforas durante días y recuperas… nada. Un tubo limpio y vacío de hielo. Sin barro, sin fósiles, sin pistas. Por eso, cada pequeño éxito se convierte en una celebración discreta: una banda ligeramente más oscura en el testigo, un leve olor a materia orgánica, la primera visión de un grano de polen preservado bajo el microscopio. Estos detalles son diminutos, casi aburridos vistos por separado. Sin embargo, juntos construyen una historia estratificada y con textura sobre lo que vivía donde hoy solo hay silencio y viento.

Ya en el laboratorio, el trabajo se vuelve casi obsesivo. Los sedimentos se cortan, se escanean, se filtran. Algunos se datan con isótopos radiactivos; otros se leen como códigos de barras según su composición química. Puede que se logren extraer fragmentos de ADN fosilizado del barro, aunque por lo general están demasiado rotos como para reconstruir genomas completos. Seamos sinceros: nadie hace esto de verdad todos los días. Es una paciencia a otra escala, de la que consume años de una carrera a cambio de unas pocas páginas de resultados duramente obtenidos.

Por qué un bosque de hace 34 millones de años importa para nuestro futuro

En un nivel básico y humano, este hallazgo toca algo profundo. En un planeta que a menudo parece totalmente cartografiado y sobredocumentado, la idea de que un paisaje antiguo entero haya estado intacto bajo nuestros pies resulta silenciosamente impactante. En un nivel más serio, ofrece a los científicos del clima una rara instantánea de alta resolución de cómo responde la Tierra cuando su sistema recibe grandes sacudidas: aumento del CO₂, cambios en las corrientes oceánicas, transformación de las regiones polares.

Esos sedimentos enterrados muestran que la Antártida puede pasar de verde a blanco en un «acelerado» geológico. No de la noche a la mañana, ni en una vida humana, pero más rápido de lo que imaginamos cuando hablamos de “millones de años”. Y eso nos importa, porque ahora estamos forzando al planeta en la dirección contraria. La capa de hielo que se formó en aquella transición antigua es una de las mayores fuerzas estabilizadoras de la Tierra. Si se derrite de forma significativa, el nivel del mar podría subir varios metros, redibujar costas y empujar los patrones meteorológicos hacia formas desconocidas.

Todos hemos tenido ese momento en el que una noticia hace que problemas grandes y abstractos se sientan incómodamente cercanos. El mundo enterrado antártico es uno de esos casos. Ya no es solo una historia sobre científicos polares lejanos, con chaquetas voluminosas. Va de qué ciudades podrían inundarse, qué cultivos podrían fracasar, qué regiones podrían secarse o quedar anegadas. Cuanto con mayor precisión entendamos cómo se comportó la Antártida en aquel giro climático, mayores serán nuestras opciones de predecir lo que viene. Eso no garantiza control. Solo nos ayuda a no caminar hacia el futuro con los ojos vendados.

Uno de los investigadores lo expresó de forma contundente:

“La Antártida recuerda cosas que nuestros modelos aún tienen dificultades para imaginar. Cada nueva muestra de testigo es el continente corrigiéndonos en silencio.”

Para mantener intacta esa memoria, los científicos siguen unas reglas estrictas cuando trabajan sobre el hielo o bajo él:

  • Proteger los lugares de perforación frente a la contaminación, para no confundir la biología actual con rastros antiguos.
  • Compartir los datos abiertamente entre equipos internacionales, de modo que ningún proyecto se convierta en un cuello de botella para la comprensión.
  • Contrastar los testigos físicos con mediciones por satélite, imágenes de radar y simulaciones climáticas.
  • Tratar los resultados inesperados como pistas, no como errores, hasta que se hayan comprobado a fondo.

Las preguntas que este mundo perdido deja en el aire

Hay una extraña intimidad en sostener en la mano barro que procede de un bosque que ningún ser humano ha visto jamás. Obliga a una humildad peculiar. Este lugar que creemos conocer -esta canica azul que filmamos, mapeamos y medimos sin parar- todavía esconde capítulos importantes de su propia historia bajo mantas de hielo y océano. Solo eso ya merece que nos detengamos un momento.

Para quien lee, este descubrimiento es más que un titular curioso. Es un recordatorio silencioso de que el clima no es un telón de fondo estable; es un personaje inquieto en la historia, que cambia de humor a lo largo del tiempo profundo, a veces más deprisa de lo que nos gustaría. También sugiere que algunos de los bucles de retroalimentación que hoy nos preocupan -colapso de plataformas de hielo, subida del nivel del mar, reorganización de ecosistemas- ya han ocurrido antes, solo que sin nosotros para verlos o sufrir sus consecuencias.

Quizá el pensamiento más inquietante sea también el más inspirador: si un mundo entero puede desaparecer bajo dos kilómetros de hielo antártico y aun así dejar rastros legibles 34 millones de años después, ¿qué rastros estamos dejando nosotros ahora? Nuestro plástico, nuestras ciudades, nuestra atmósfera reescrita, nuestros océanos calentados con rapidez. Científicos del futuro -si los hay- quizá perforen algún día nuestra capa y traten de recomponernos a partir de cicatrices químicas tenues y ruinas dispersas. Los bosques perdidos bajo la Antártida son un mensaje de un pasado que nunca nos imaginó.

Aún no podemos responder por completo a ese mensaje.

Punto clave Detalle Interés para el lector
Un mundo enterrado Descubrimiento de sedimentos forestales de hace 34 millones de años bajo 2 km de hielo Cambia la forma en que imaginamos la Antártida y su historia
Transición climática brusca Paso de un paisaje templado a una enorme capa de hielo Ayuda a comprender posibles puntos de inflexión climáticos hoy
Lección para nuestro futuro Datos precisos sobre la evolución pasada del hielo y del nivel del mar Aclara los riesgos para ciudades costeras y sociedades humanas

Preguntas frecuentes (FAQ)

  • ¿De verdad encontraron los científicos un bosque bajo el hielo antártico? No hallaron árboles intactos con hojas, pero sí capas de sedimento llenas de polen antiguo, fragmentos vegetales y microfósiles que apuntan claramente a un paisaje que en su día estuvo boscoso y cubierto de vegetación.
  • ¿Qué edad tiene exactamente este “mundo perdido”? Los métodos de datación lo sitúan en torno a hace 34 millones de años, justo cuando la Antártida pasó de ser un continente más templado y verde a quedar cubierta por una capa de hielo permanente.
  • ¿Demuestra este descubrimiento que el clima era más cálido que hoy? En esa región de la Antártida, sí. Las temperaturas eran mucho más suaves y permitían bosques templados, incluso en latitudes altas que hoy están profundamente congeladas.
  • ¿Qué significa esto para el cambio climático actual? Muestra que la capa de hielo antártica puede crecer y encogerse en respuesta a cambios en los gases de efecto invernadero y en la circulación oceánica, algo directamente relevante mientras aumentamos rápidamente los niveles de CO₂.
  • ¿Podría esto llevar a una “resurrección” al estilo Jurassic Park de dinosaurios o plantas? No. El material recuperado está muy degradado y es en su mayoría microscópico. Es valiosísimo para entender la historia climática, pero ni de lejos está lo bastante completo como para resucitar especies antiguas.

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